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Verdades Relativas

(Por Jaime Sevilla MAPM, M.Th)

La verdad pierde su objetividad si no es vista desde la mirada de Jesús y su visión del Reino de Dios. Muchas veces hay personas que afirman con tanto convencimiento ciertas situaciones de otras, sin caer en cuenta que pueden estar muy equivocadas; ya que por más que queramos afirmar una verdad contundente, siempre estará supeditada a nuestras limitaciones humanas.

Debemos ser muy cautelosos cuando de hablar de algo o de alguien se trata, sobre todo siendo conscientes que las informaciones que nos llegan de terceros, casi siempre viene aumentadas o distorsionadas; y, si no está la persona de quien se habla para clarificar esas situaciones, lo más saludable y cristiano es parar de hacer comentarios imaginarios y esperar a que esa persona esté presente para no cometer el grave pecado de pensamiento y de palabra sobre una persona ausente en la conversación o reunión.

Prestarse a discutir algún asunto de alguien ausente, es cometer un crimen; ya que, no solamente hacemos juicios temerarios sobre esa persona, sino que involucramos a los presentes a que también ellos sean cómplices de esas “verdades” imaginarias que se discuten; y esto no solamente nos lleva a cometer un pecado personal, sino también grupal.

Cuanta razón tiene Santiago en su carta cuando dice que a través nuestra lengua entra el fuego del infierno en todo nuestro ser, ya que con ella bendecimos a Dios y Padre; y, con ella misma maldecimos a nuestros hermanos y hermanos creados a imagen y semejanza de Dios (cfr. Santiago 3,5-10).

Lo más humano y cristiano que debemos hacer cuando un vecino, un miembro del trabajo o de la comunidad, etc., comience a criticar o a juzgar negativamente a alguien ausente, es levantarse de la mesa y decir: Yo no participo de esta acción, o tener el coraje para corregir al que está hablando diciéndole que no es justo hablar de alguien ausente.

¿Pero cómo o cuándo distinguir una verdad a media o relativa? Cuando nos ponemos en los diferentes puntos opuestos a los nuestros con una mente abierta. Cuando abrimos nuestro espíritu comprensivo a las situaciones que los demás han vivido o están viviendo.

Cuando dejamos que las personas involucradas nos expliquen sus puntos de vista o sus situaciones que han pasado o están pasando. Cuando le pedimos al Señor que nos de su Gracia para ser humildes y compasivos con aquellos que nos rodean; sobre todo, con los más débiles y marginados.

Cuando hay una persona que, llevada por el coraje, la envidia, rivalidad o venganza, comienza a hablar mal de otra, definitivamente es una persona endemoniada; tiene el espíritu del mal dentro de ella y necesita ser liberada.

Pero no se queda todo ahí, debemos tener mucho cuidado, pues muchas veces ese espíritu maligno también se mete dentro de aquellas personas que la rodean; y, esto llega a producir una posesión colectiva, mucho más peligrosa; pues entre todas esas personas poseídas, son capaces de cometer un crimen grave contra aquella que atacan; ya que, ahora la persona no es atacada por una sola, sino por todo un grupo, ya sea que actúen activa o pasivamente.

La mejor forma de ver una verdad objetiva es a través del amor y la compasión. El amor que tiene su máxima expresión en la cruz del Calvario, cuyas características se encuentran bellamente expresadas en la Primera Carta a los Corintios 13, 1-13, les invito a leerla y meditarla con la mente y el corazón.

Y el mejor ejemplo de compasión es Jesús, los evangelios están llenos de acciones compasivas del Maestro, Él mismo nos invita cuando nos dice: Aprendan de mi que soy manso y humilde de corazón
(cfr. Mt 11,29)

Que nuestro Señor Jesucristo fortalezca nuestra gracia bautismal, para que comprendamos y lleguemos a ser verdaderos discípulos suyos; solo así, podremos ser testigos de la Verdad.

Las Bienaventuranzas

El Triuduo Pascual