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¿Qué Dice La Biblia De La Migración? (III)

(Por Ricardo López, P.HD)

Con esta entrega comenzamos a explorar algunos de los rastros de migración más representativos que entregan los escritos del Nuevo Testamento. Tracemos primero un marco genérico que nos ayude a entender mejor lo que traemos entre manos.

No perdamos de vista que la Biblia está surcada por muchas influencias culturales y corrientes de pensamiento. Entre ellas destaca la helenización del mundo conocido (“la casa común”), el imperio conquistado por Alejandro Magno (+ 323 d.
C.) desde Grecia a la India, incluidas las naciones de Palestina. Helenizar significó un nuevo modo de entender la identidad de los individuos en los pueblos tan diversos (filosofía), una nueva comprensión de las fuerzas que rigen el mundo (ciencias) y un propósito que orientaba los acontecimientos nacionales (historia).

Aquello era vivir a lo griego. Se trató de una inmensa oleada modernización que implicaba muchos cambios (desde rutas comerciales más seguras hasta sistemas educativos y organizaciones sociales novedosas), que no se abrieron paso sin resistencias culturales ni guerras sangrientas. Ejemplos notorios de lo que el proceso de helenización (hacerse griego) significó para Judea son la revolución de los Macabeos (167-164 a.

C.) y las subsiguientes luchas internas. Pero recordemos que el territorio y sus habitantes estaban bajo el yugo del Imperio Romano a partir de la intervención de Pompeyo en Jerusalén (64 a.C.).

El mundo resultante, sin embargo, más que una fusión cultural donde todos encontraban cabida, en gran medida ignoraba la diversidad de lenguas y pueblos, pues se visualiza como bipolar, dividido en “griegos y bárbaros”, desde la perspectiva griega, y en “judíos y paganos”, desde el ángulo judío. Pero esta generalización, como todo juicio global, resulta insuficiente para entender la compleja realidad.

El conflicto cultural en aquel mundo griego y romanizado se daba en diversos frentes y con diferente intensidad, aunque cabe encapsularlo como regido por la intolerancia. De una parte, la cultura dominante alimenta en sus detentores actitudes persecutorias, discriminatorias y denigrantes respecto a la cultura subyugada.

En nuestro caso los modos de vida judíos fieles a su contexto religioso. La expresión de tales actitudes es fácilmente perceptible en los estereotipos culturales (los chistes o bromas son las perlas de esto), pues se afincan en la apariencia, el modo de hablar o expresarse, en las costumbres locales, y hasta en la geografía.

A los romanos, herederos de los griegos, los de Cartago les parecen pérfidos, los egipcios supersticiosos, los griegos livianos y desleales, los númidas, y en general los africanos, arrastrados por el sexo; a los judíos los consideran ateos y supersticiosos, por sus costumbres absurdas e incomprensibles. Aunque su religión es respetable, termina significando un peligro social porque socaba la “piedad y religión” que es la más romana de las virtudes.

Estos estereotipos obedecen a un evidente etnocentrismo, que deriva en prejuicios xenofóbicos y racistas, que, digámoslo ahora, dicen más de los victimarios que de las víctimas.

Entre los victimizados o dominados se perciben dos actitudes divergentes. En unos, qizá una minoría, se nota la adaptación a las nuevas circunstancias sociopolíticas para socializar de manera pacífica con todos, llevada al grado de abandonar los usos y costumbres patrios. Muchos renegaron de su fe y su identidad judía, no solo adoptando un nombre griego, sino revirtiendo quirúrgicamente la circuncisión y dejando de contribuir al impuesto del templo de Jerusalén.

Otros, radicalizaron los rasgos de su propia identidad religiosa y social, cultivándola como una interiorización espiritual, o, abiertamente en choque directo contra todo lo foráneo.

Para el tiempo del Nuevo Testamento, la tierra palestina estaba profundamente helenizada, pero a lo largo del Imperio Romano, los judíos de la diáspora habían mantenido su identidad religiosa, y habían conseguido ciertos privilegios de parte de algunos gobernantes, que les permitían cierta autonomía incluso en materia judicial, pues podían vivir bajo sus propias leyes.

Ese mismo estatus exepcional alimentaba la aversión de los lugareños no judíos.

Este amplio marco contextual, fragmentario por necesidad, busca ayudar a comprender mejor lo que significa ser cristiano o seguidor de Cristo Jesús, en los modos como los diversos libros del Nuevo Testamento nos lo representan.

La identidad cristiana se modeló no solo con las tradiciones judías de Jesús de Nazaret, sino de otras que las generaciones subsecuentes de discípulos forjaron como sus marcas distintivas.

De manera gradual, la nueva fe dejó de consistir en la adherencia a los usos y costumbres de un pueblo (ethnos), y pasó a la imitación de una persona (Jesús el Cristo) que, además, pronto vendrá como juez, es decir, alguien que dejó de estar ajustado a los parámetros sociales, para convertirse en su juez absoluto.

Roto el etnocentrismo, se abren nuevas opciones para todos, y la posibilidad real de volverse católico (universal).

Pero ya vamos muy lejos. Comencemos por algunos rasgos “migrantes” o de extranjería en la propia figura de Jesús desde los relatos evangélicos.

Prácticamente, Jesús se mantuvo dentro de los límites del territorio judío, salvo por las incursiones en territorio geraseno (Mc 5,1) y cananeo (Mc 7,24), que dejaron rastro en los relatos evangélicos.

Pero esto no le ahorró el ser perseguido o estigmatizado por sus propios paisanos, por lo que la localía se vuelve un registro significativo.

¿Habrá que recordarlo? Jesús fue ajusticiado en las afueras de Jerusalén. Los provincianos, los que no han crecido en un centro urbano, conocen la experiencia de ir a la capital o a una ciudad o población que no es la propia.
Incluso hablando el mismo lenguaje y con costumbres similares, con facilidad son convertidos en extraños, dependientes de los lugareños y vulnerables hasta en su seguridad física.

Tal vez el trazo más notorio lo encontremos en el epígrafe de la cruz, sobre el mismo delito del reo: “El rey de los judíos” (Mc 15,26; Mateo y Lucas escriben lo mismo). Juan amplía el escueto dato sinóptico: “Jesús el Nazoreo, el rey de los judíos” (Jn 19,19), hasta hacerlo legible a los muchos judíos que pasan por allí, “pues estaba escrito en hebreo, latín y griego” (19,20). Dos puntos hay que destacar desde nuestro ángulo.

Asumamos que el apelativo del ajusticiado en san Juan alude al pueblo con el que Jesús es vinculado: Nazaret (Jn 1,45. 46; 18,5. 7), aunque el término tiene resonancias mesiánicas más que locativas.

Nazaret es un caserío galileo oscuro y de dudosa fama, pero que marca a Jesús hasta su destino de poder y gloria (ver Hechos 2,22; 3,6; 4,10 y 24,5). Esa marca de la localidad periférica, deshonrosa, nunca se diluye, sino que viene a convertirse en elemento sustancial del Evangelio primigenio.

En términos cristianos, diríamos que es una marca de la encarnación, sbiendo que sin encarnación no hay resurrección, ni núcleo de fe.

El segundo punto es que los judíos que entran y salen de Jerusalén, es decir aquellos peregrinos de la diáspora, fuereños, pero capaces de leer la inscripción de la cruz. El hebreo es la lengua materna de la religión.

El latín es la lengua del Imperio, y el griego es el idioma del comercio y la cultura. Los que leen son gente capaz de comunicar o transmitir más adelante lo que ha acontecido en esos días en la capital del mundo judío.

Ellos harán posible que lo sucedido se convierta en Evangelio para las naciones. El hecho de que Jesús sea ajusticiado fuera de su tierra habla de la necesidad que experimentó para salir en búsqueda de los medios para realizar su proyecto de vida.

Sus auténticos seguidores harán otro tanto. En la próxima entrega exploraremos otros rasgos migrantes de Jesús de Nazaret y de sus primeros seguidores.

Legado De San Oscar Romero Y La Comunidad Migrante

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