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¿Qué dice La Biblia de La Migración?

(Por Ricardo López )

La Biblia está llena de migrantes y de migraciones, de principio a fin. Sea que pensemos en el relato catequético de la expulsión de Adán y Eva del paraíso (libro del Génesis) o en la descripción litúrgica de la Jerusalén celestial hacia la que peregrina el pueblo de Dios (final del Apocalipsis de san Juan), el movimiento de los humanos por sobrevivir es algo que cruza los episodios cruciales de la historia de salvación, contada en nuestras Escrituras Sagradas. Y de esto, el pueblo de Dios guarda muy clara conciencia.

Cuando le pregunto a algún grupo de la parroquia cómo vinculan la migración con la Biblia, comienzan a decir nombres muy significativos de la historia de la salvación: éxodo, Abraham, Moisés, Noé, Josué, deportación, Jeremías, Ezequiel, Nehemías, Jesús, María y José, Pablo, Juan, y así, desfilan nombres y tópicos de mucho peso en el trayecto de Dios con su pueblo.

De hecho, solo migrando el fiel se abre la posibilidad de experimentar la presencia y fuerza de Dios, en lo que llamamos “salvación”. Hay que decir que la migración es como la dinámica de la revelación del Dios de la Biblia. Bien podemos darnos cuenta de que se conoce al Dios de las Escrituras solo si el fiel, su pueblo, se pone en busca de salvación, llámese esta “tierra de la promesa”, “paraíso”, “vida eterna” o “cielo”. Pero la comunión con Dios no se realiza sin la comunión con sus fieles. ¿Cómo se da esto? Hagamos siquiera un par de estaciones en el camino de los migrantes en las Escrituras, porque los pasos de migrantes y extranjeros son incontables.

Los migrantes en el corazón de la Biblia. La primera estación que nos ayuda a percibir la centralidad del migrante en las Escrituras la hacemos en los libros fundacionales del pueblo de Dios, los cinco de la Torah o Pentateuco, que son como la cabeza del cuerpo escriturístico.

En Deuteronomio 26,1-11, encontramos una composición litúrgica que describe un ritual que se habría de realizar en alguno de los santuarios dedicados a Yahveh, antes de que el culto fuera centralizado en Jerusalén.

El rito guarda similitud con prácticas de los cultos cananeos, pero también de otras regiones. Volvamos al texto. Pronunciando unas palabras, el israelita habría de entregar las primicias de la cosecha, granos y frutos, en una canasta al sacerdote, que la toma de manos del fiel y la coloca ante el altar. Entonces el oferente laico pronuncia una especie de confesión, bautizada por algún estudioso como un “credo histórico”, en la que la tierra es elemento fundamental. Siga el texto con su Biblia en la mano. Para nuestro propósito basta fijarnos en un par de elementos.

Las palabras del israelita evocan el evento fundamental que los constituyó en pueblo: el éxodo. Pero la memoria ritual no se reduce a la situación de esclavitud sino que se remonta a la causa que hizo bajar a los padres a Egipto (26,5). En la expresión “arameo errante”, el calificativo (‘bd) puede traducirse también por “fugitivo”, pero también por “arruinado” o “moribundo”. La causa de ese estado es el hambre. En Egipto, los hebreos se establecieron como “residentes” (gur) hasta llegar a convertirse en una nación vigorosa, a la que luego esclavizaron los egipcios, los dueños de la tierra.

El segundo elemento es el énfasis declarado del deuteronomista en el don de la tierra (26,1.2.3.9.10 [11]). La tierra no es propiedad de los israelitas, sino de Dios. Es Dios quien se las regala, pero no para que se enseñoreen con ella, sino para que la utilicen como administradores o “medieros” de la misma; no son sus propietarios, el propietario es Dios, y los israelitas son sus huéspedes (ver Levítico 25,23; Oseas 9,3). El dato de aportar las primicias ante el altar de Yahveh es el modo de reconocer esta verdad fundamental.

A estos dos ingredientes de la descripción ritual que portan rasgos fundamentales de lo que significa migrar y ser migrante, hay que añadir el marco donde se aviva esa conciencia de la identidad común que es la liturgia, es decir un ritual público, en el que intervienen con el fiel, un sacerdote y Yahveh. Aunque no tenemos espacio para una mayor exploración, hay que ver los gestos y las palabras que los acompañan porque con esta ritualidad se instituye quién es cada cual y cómo se relacionan entre sí los protagonistas del rito.

Finalmente, hay que observar que la prescripción al israelita no concluye con la confesión de fe, sino que se extiende a hacer ‘fiesta con toda tu casa, el levita y el forastero (ger) que vive cerca de ti’ (26,11). El levita no tenía propiedad en medio del pueblo, y por eso se mira aquí favorecido, junto al extranjero. Se hace fiesta comiendo, bebiendo, danzando, haciendo música y departiendo con los amigos.
La situación del israelita al momento de entregar las primicias al Dueño de la tierra, ha cambiado radicalmente.

Ahora, ya en la tierra de la libertad y la dignidad, él es huésped de Yahveh, y se reconoce su deudor. Aquí abona la liturgia porque sostiene la identidad original del israelita, pero la proyecta en un mandato que rompe la distancia y abre a la comunión con los desfavorecidos, allí mencionados. Sin esa conciencia de depender de Dios, sin los medios de avivarla, crece la posibilidad de volverse instrumentos de sometimiento y esclavitud para los forasteros. La liturgia y la fiesta, por el contrario, tienden puentes a la integración social de aquellos que están en la misma circunstancia que sus padres experimentaron en Egipto.

La segunda estación que nos obligamos a explorar está en las estipulaciones de la alianza de Dios con su pueblo al pie del Sinaí, en lo que se conoce como el Decálogo o los Diez mandamientos. En la narrativa del Éxodo, la alianza es el objetivo de todas los portentos que Dios ha venido ejecutando para liberar a sus fieles de la servidumbre egipcia para llevarlos a una tierra de libertad y dignidad. La alianza del Sinaí es el corazón de esa migración liberadora, que se cuenta como una epopeya motivada por la memoria de las promesas de Dios a Abraham, Isaac y Jacob. La cuarta estipulación de la alianza establece que los israelitas han de dedicar el sábado a ese Dios liberador. Justo en ese micro-contexto aflora la presencia de los forasteros.

Éxodo 20,8-11 viene precedido de la presentación del Dios liberador, y una serie de tres prohibiciones sobre el modo de dar culto a Dios que lo diferencia de otros dioses (20,2-7). Con el verso 8 hay un cambio de lo prohibitivo a lo que hay que hacer, un mandato positivo: ‘haz memoria del día del sábado para santificarlo’. ¿Cómo se hace esa ‘memoria’ (zicaron)? No trabajando, sino descansando en honor de Yahveh. Ese día no es como los demás; es un día de santidad.

Descansar en honor de Yahveh implica que no se haga trabajo alguno en la casa del fiel israelita. Al detallar quiénes no han de trabajar es que aparece ‘el forastero (ger) que vive a tus puertas’ (20,10). Este forastero no dispone de tierra alguna, sino que pertenece a la fuerza de trabajo disponible para el israelita terrateniente. Ese forastero no pertenece a la sociedad de la ciudad y reside afuera; quizá no está circuncidado y tiene sus propias prácticas y costumbres cultuales. Así, el forastero (ger) es alguien vulnerable y dependiente. El mandamiento de santificar el séptimo día, sin embargo, es extensivo a ese forastero, en su beneficencia. El precepto tiene una motivación “recreacional”, por decirlo así.

Éxodo 20,11 apoya la práctica santificadora del descanso en lo que Dios hizo el día séptimo: descansó de todas sus obras (ver Génesis 2,2-3). El fiel israelita debe imitar a su Dios, hacer como él hace.

Recapitulando lo que hemos explorado en las dos estaciones bíblicas que hemos hecho sobre los migrantes y la migración, podemos decir que la condición de migrante es una marca de pertenencia al pueblo de Dios, como lo refleja la Biblia.

Ser migrante es vivir conectado con las experiencias fundacionales del Éxodo y de la Creación, pero no como eventos del pasado de otras personas, sino como algo vital y de uno mismo. Ser migrante es moverse hacia adelante, hacia la comunión y al regocijo con todas las personas que habitan la tierra.

Es nuestra vocación de liberación y de recreación. Pregunten a los que hemos emigrado.

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