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¿Qué dice La Biblia de La Migración? (II)

(Por Ricardo Lopez, P.HD.)

En el Pentateuco, que es la Constitución del pueblo bíblico de Dios, se puede descubrir que la migración es la marca de identidad que el fiel encuentra reflejada en el corazón del Decálogo (Ex 20,8-11) y en la liturgia de la entrega de las primicias (Dt 26,1-11).

Lejos de abusar o mirar con desdén a los migrantes, el Señor exige en su Ley que sus fieles se reconozcan migrantes y extranjeros en su presencia. Sin esta condición, no hay alianza con Dios ni posibilidad de vivir con bienestar. Esto está claro.

Pero esta marca la encontramos en cada página de la Biblia, no solo de la Torah o Pentateuco, sino también de los escritos proféticos que son rectores de la vida y la esperanza históricas del Israel bíblico.

Los escritos de los profetas son un verdadero caudal de experiencias en torno a la palabra que reciben de Dios, porque con ella le toman el pulso a la vida del pueblo. La alianza con Dios debe verificarse en las relaciones de paz y salud entre los ciudadanos tanto como en la legalidad de las instituciones que las rigen.

En una nación monárquica, el garante de las instituciones era el rey, y el templo era el sitio donde la liturgia dejaba constancia del orden querido por Dios. Los profetas eran guardianes de la alianza. Por eso, cuando un profeta levantaba la voz para hablar en nombre de Dios, había que escuchar y discernir su mensaje.
Jeremías es uno de los profetas más queridos y quizá menos leídos. Le tocó vivir una época de grandes esperanzas de reforma y renovación, pero también de incontenibles turbulencias nacionales e internacionales, la segunda parte del siglo séptimo antes de Cristo, cuando el imperio asirio con sus crisis intermitentes propiciaba la sublevación de sus vasallos, entre ellos Judá e Israel.

Sus palabras le valieron a Jeremías persecución, cárcel y sentencia de muerte de parte del rey y sus consejeros, porque avizoró la ruina nacional. Pero no pensemos que aquello era un mero asunto de política nacional e internacional. No. Jeremías fue puntual en su acusación, en la que aparecen mencionados también los migrantes.

Vamos al oráculo del capítulo 7 de Jeremías, pronunciado posiblemente hacia el año 609. Fijémonos solo en los primeros quince versos. El profeta anuncia la destrucción del templo, que aseguraba la presencia protectora de Dios. El templo era garantía del favor o gracia de Dios. Jeremías socaba esa creencia con la ética de la alianza.

El profeta de Anatot, donde había nacido, recibe la orden de Dios de irse a parar en la entrada del templo y denunciar la fe corrupta de los que acuden a las liturgias. Van al templo para sentirse seguros, no para vitalizar el derecho (mishpat) y la justicia que requiere la alianza para el día a día. ¡Son piadosos a costa de los demás! Jeremías señala que la justicia consiste en no explotar a los indefensos.

El verbo “oprimir” que utiliza el oráculo (‘shq) guarda varios significados, que retratan esa corrupción: oprimir, actuar violentamente contra alguien, amenazar, defraudar, extorsionar, ser orgulloso o insolente, violar e injuriar. ¿Algún migrante ha experimentado algo de esto? ¿Y quiénes son los opresores? Los que pasan por las puertas del templo. ¿A quién oprimen? Al forastero, al huérfano y a la viuda (7,6). El forastero es el migrante, el extranjero pobre que está en esa trilogía de personas sin voz ni voto en aquella sociedad patriarcalista, de fe corrompida. El profeta señala otras marcas de esa corrupción.

La fe o seguridad que adquieren los fieles en el templo es idólatra, porque les permite seguir cometiendo toda clase de crímenes sancionados en la Ley. Desde derramar sangre inocente hasta robar, matar, adulterar, jurar en falso, incensar a Baal y seguir a dioses que ni conocen. Así han convertido el templo de Dios en una abominación (=to‘eba): cueva de ladrones. Esto es intolerable al Dios de la alianza; por eso surge la disyuntiva: o se convierten o serán destruidos.

Tomemos ahora un texto de Ezequiel. Él era un sacerdote de Jerusalén, quien, al quedarse sin templo debido a la deportación a Babilonia, vino a convertirse en profeta de los exiliados. Desde allá levanta su voz para denunciar los crímenes de la capital del reino. Estaba bien informado. ‘El formula tres denuncias en el capítulo 22 de su libro, motivadas por la conducta idólatra de los príncipes o líderes de la ciudad, aunque ahora solo podemos fijarnos en la primera, la que ocupa los versos 1-16.

Los príncipes o líderes son lo más granado de una sociedad, son motivo de orgullo de la ciudad. Ezequiel los señala. Son los indiciados porque el poder que tienen (su brazo), lo usan violentamente para su propio beneficio; buscan su ventaja y la vida o bienestar del pueblo les importa un cacahuate. Por esa relajación de la justicia en la ciudad se propicia un estado de vida intolerable, contrario a la Ley. “En ti se desprecia al padre y a la madre, en ti se oprime (‘shq) al forastero, al huérfano y a la viuda se les humilla (o encorva,‘wnu)” (22,7).

La frase se desdobla para hacer ver cómo se transgrede el derecho de los vulnerables: se les explota al punto de que andan encorvados, mirando al suelo, no erguidos, con la dignidad de los ciudadanos.

El profeta enuncia todavía otros crímenes: no respetan lo sagrado, profanan el sábado, hay hombres que mienten con tal de derramar sangre, se banquetea en honor a otros dioses, etc. El profeta prosigue hasta engarzar un septenario de acusadores “en ti”, para mostrar la violencia incontenible que se ha apoderado de las mismas casas y familias de los fieles (22,8-12).

El crimen contra los extranjeros e indefensos no es el único, sino apenas uno de los tantos crímenes o pecados que se han incrustado en hasta lo más íntimo de los hogares, y en detrimento de la alianza. Los responsables de la justicia y de hacer valer el derecho de la ciudadanía se han desentendido de lo que más les compete. Por eso, el destino no puede ser otro que la dispersión. En otros muchos oráculos, la dispersión será el punto de partida, en busca de la reunión en la tierra de los padres.
En efecto, los profetas del exilio y otros posteriores van a anunciar la vuelta de los dispersos en tierra extranjera al suelo de los antepasados. En su momento, no todos quisieron ni pudieron regresar a emprender la soñada reconstrucción de Jerusalén y sus ciudades.

Los que volvieron encontraron en aquel suelo a muchos extraños y desconocidos, con sus propios y divergentes intereses. Frente a ellos, se van a despertar diferentes actitudes, que van desde la intolerancia, persecución y exterminio, hasta la asimilación o incorporación de esos extranjeros al propio pueblo de Dios. Pero no hay que olvidar que muchos judíos habían buscado refugio en otras naciones cuando las invasiones asirias o babilonias amenazaron con arrasarlo todo.

Hay sin embargo, un texto de Isaías que me gustaría considerar, para ilustrar la amplia gama de actitudes reflejadas ante los extranjeros en las Escrituras. El texto en cuestión pertenece a la serie de oráculos de la ira de Yahveh contra las naciones que han maltratado a su pueblo (Is 13-23). Entre ellos aparece un oráculo sobre el clásico enemigo de Israel, Egipto (Is 19). La parte primera es una descripción poética de las desgracias que azotarán a la potencia del sur (19,1-15), pero la segunda visualiza el futuro inesperado en una serie de seis momentos marcados con la frase escatológica de “en aquel día” (19,16-25).

Ese extraordinario día escatológico está marcado por ¡la conversión de Egipto a Yahveh! Pero lo inesperado no se detiene allí. El oráculo menciona catorce veces a Egipto, y la séptima mención le cambia el nombre de Dios a “Yahveh de Egipto” (v. 22). Pero encontramos algo más. Los extranjeros que son los enemigos más terribles del pueblo de Dios, Egipto y Asiria, forman con Israel una trilogía en alianza con Dios. No es una alianza de tipo sinaítico, sino de cuño abrahámico.

Las tres naciones son objeto de bendición “en medio de la tierra” (v. 24), es decir para el resto de las naciones. La conversión mira a ser bendición (Salmo 87,7). La declaración final confirma el punto: “Bendito sea mi pueblo, Egipto, la obra de mis manos, Asiria, y mi heredad Israel” (v. 25). ¿Dónde quedó la condición de extranjería? ¿Qué significa ser extranjero para los hijos del pueblo de Dios? Con estos presupuestos va a abonar el Nuevo Testamento.

El Triuduo Pascual

Cristología Romeriana