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María y el Rostro del Migrante

(Por. Padre Duglas Briceño, AM)

Hablar de la Santísima Virgen María en el rostro de cada migrante, es hablar de la presencia de Dios a lo largo de la historia.

María es el instrumento utilizado por Dios para darnos la salvación, pero no para un evento específico, como dar a luz el hijo de Dios, ni para un momento aislado, sino que la toma para acompañar a un pueblo en sus luchas y penas, por eso, desde la misma encarnación va a tener que pasar por diferentes dificultades.

María es esa madre que camina con sus hijos y participa de la suerte de su pueblo, por eso desde el nacimiento de su hijo Jesús, revive la experiencia de su pueblo obligado a migrar, exiliado y humillado más de una vez, esto lo podemos observar en el episodio de la huida a Egipto, “se levantó, tomó de noche al Niño y a su Madre y huyó a Egipto” (Mt 2, 14), donde asumió los designios de Dios con gran docilidad, aun conociendo las dificultades y peligros a los que se iba a enfrentar por el camino.
La Virgen habría podido concebir alguna contrariedad respecto de lo que el ángel decía a José más que a la Madre de Dios. Pero ¿Cómo habría en su alma otra cosa que no fuera una perfecta e inmediata adhesión a todo o que había sido ordenado por el Señor?.

Bastó a María, para obedecer al punto, saber que esa era la voluntad de Dios y, sin detenerse a considerar las inconveniencias del viaje y las dificultades que les esperaban, se dispuso a partir con él, dándonos así el más perfecto ejemplo de sumisión ciega y pronta.

En su empeño de obedecer a Dios y en su confianza en su Providencia, no se inquietaron ni de sus pobres pertenencias, ni de sus parientes, ni de sus amigos, absortos en la preocupación de conservar el divino tesoro, que encerraba todas las riquezas del cielo.

La verdad es que se trató de una huida en toda medida, en la que, a los sufrimientos físicos, le acompañaba el temor de ser alcanzados en cualquier momento por algún pelotón de soldados. Fueron meses de trabajo escondido y de sufrimiento silencioso, con la nostalgia de la casa abandonada y, al mismo tiempo, con la alegría de ver crecer a Jesús sano y fuerte, lejos del peligro que le había acechado.

Por ello, el fenómeno de migración, tan presente en nuestros pueblos, también tiene el rostro de María, quien huye con el Niño en brazos, cabalgando sobre un borrico al que José conduciría, para salvar a su hijo del tirano. Emprenden un camino y deben afrontar la travesía del desierto, probablemente se incorporaron a alguna pequeña caravana, pues hubiera sido casi imposible hacerlo ellos solos: el calor agobiante, la falta de agua, el peligro de bandidos, lo hacían absolutamente desaconsejable.

En los últimos años, gran cantidad de personas se han visto forzadas a dejar su tierra para salir en búsqueda de solución a sus problemas y dificultades, intentando tener mejores condiciones de vida tanto para quienes se van como para quienes se quedan y al igual que María, lo dejan todo, arriesgando hasta su propia vida, pero siempre con la esperanza en un futuro mejor.

Ante este fenómeno migratorio y todas las circunstancias y peligros que los rodean, se nos presenta María como expresión del rostro amoroso de Dios que viene a nuestro encuentro en tierras extranjeras, y en medio de las dificultades nos regala una Madre. Encontramos en ella un modelo a seguir, una mano amiga, esa compañera fiel, quien siempre está con los brazos abiertos llenos de amor y dispuestos para sus hijos.

Hoy María, como madre nuestra, quiere animarnos en la tribulación y se hace presente en el rostro de cada hijo suyo, de cada migrante que lo ha dejado todo, y de millones de personas que no eligieron escapar por cobardía, sino que fueron obligados a dejar su tierra que los vio nacer, dejando atrás a su gente, su trabajo, sus bienes.

Es María el camino seguro que nos concede hasta su hijo Jesús, es Él quien hace brotar la alegría y la confianza incluso en los días sombríos, de nostalgia y de soledad de la vida diaria de migrante.

Él es quien hace posible un mundo mejor, que consiste, fundamentalmente, en que busquemos todos un desarrollo auténtico e integral para que haya condiciones de vida dignas para todos, y para que la vida de todos alcancen las medidas que Dios mismo puso.

El Sacramento de la Confirmación (Fundamento Bíblico)

La Humildad