in

María Santísima En El Calvario

(Por Bishop Elías Samuel Bolaños, SDB)

La premonición que Simeón le hizo a la Virgen María cuando presentaron a su tierno hijo en el Templo a los 40 días de nacido: “una espada atravesará tu alma”, tiene su cumplimiento en la vida de María Santísima en el momento culminante de la vida de Jesús en esta tierra: su muerte en el Calvario.
Su madre María estaba ahí, acompañando y sufriendo los estertores de esa muerte tan cruel hasta desgarrar el alma o “atravesarle el alma” como le había dicho Simeón.

Que reconfortante habrá sido para Jesús saber que su madre estaba ahí con él, que no lo había dejado solo sobre todo en ese acontecimiento de su vida. Que doloroso y duro para la madre ver morir a su Hijo, el inocente, el justo. Ella como Madre no podía faltar ahí.

Jesús muriendo en la cruz ha ofrecido el sacrificio único y definitivo, el sacrificio Salvador que ha perdonado todos los pecados de todos los hombres, ese es el sentido que damos a la muerte de Cristo ofrecida y realizada en la Cruz. Su madre al estar presente y compartir los sufrimientos y dolores, ella también ha ofrecido un sacrificio inmenso, no cruento, no infringido, pero si real: una madre que ver morir a su hijo, que sufre con él, todos los desprecios y azotes, todo el dolor que le producen a su Hijo. Por eso algunos han propuesto dar el título de Corredentora a María. Es solo una propuesta.

María en el Calvario, como nueva Eva, comparte el Nacimiento de la nueva humanidad, porque Jesús, al morir tan cruentamente y al ofrecer su vida, ha perdonado todos los pecados, y así engendra la nueva humanidad, la nueva criatura. María es la representante de esa nueva criatura, es la madre que acompañará a la nueva creación.

Un momento particular de este sacrificio lo representa la espada que quiere sellar y corroborar que Cristo ha muerto, y el evangelio de San Juan añade: “de su costado salió sangre y agua”, y los santos padres interpretan esta agua y esta sangre con el Nacimiento de la Iglesia, de la nueva humanidad, ya que representan los sacramentos con los que entramos a formar parte de la Iglesia redimida, reedificada por Cristo, por su sacrificio.

María está en la cruz, como Eva ante el árbol del paraíso, para compartir la salvación obtenida en el árbol de la cruz, y constituirse madre de la nueva creación. Le acompañaba Juan y algunas mujeres.

Y para corroborar la maternidad de la nueva creación, María estará acompañando a los apóstoles en Pentecostés, acontecimiento que será el sello de la constitución de la Iglesia, signo y portadora de la nueva creación. María estaba con los apóstoles en Pentecostés.

María en el Calvario también va a vivir la cercanía y la solidaridad con su hijo, como todas las madres de este mundo que están siempre compartiendo los sufrimientos de sus hijos, María representa a esa madre responsable, cercana a su hijo, porque le ama, María es símbolo del sufrimiento de las madres, humanamente sabemos lo que significa el dolor, el enfrentamiento de esa realidad tan propia del ser humano, pero cuando tenemos a alguien cerca de nosotros al sufrir, esa presencia sirve de calmante, de bálsamo ante ese dolor.

María en el Calvario es la madre adolorida, la madre que le desgarran el Corazón. María comparte el sufrimiento de la humanidad, porque comparte el sufrimiento de su Hijo, redentor de la humanidad. Por eso nosotros los cristianos acudimos a María tantas veces, en los momentos de dolor y sufrimiento, porque sabemos que ella sabe compadecerse, ella ha estado cerca de su Hijo en la Cruz y sabe de dolores.

Por eso María se convierte en nuestro “paño de lágrimas”, porque ella ha experimentado dolores extremos. Por eso nos comprende y sabe compadecerse del pueblo cristiano y así a lo largo de los siglos ha puesto su confianza, sus sufrimientos, en manos de María.

El dolor extremo de María en el Calvario fue al momento de recibir el cuerpo yerto de Jesús en sus brazos. Los artistas han querido resaltar este momento, como la excelsa obra de Miguel Ángel: “La Pieta”.

Que dolor tan grande, le han quitado a su Hijo, ella repasaría todos los momentos de la vida con su hijo, especialmente cuando lo tomaba en sus brazos, como ahora lo hace, pero le sonreía, y ella lo acariciaba y se solazaba con su hijo.

Ahora en cambio, estaba muerto, lo toma en sus brazos, como el sacerdote toma en sus manos la hostia, y la ofrece al Padre Dios, para darle pleno cumplimiento al sacrificio que Jesús realizó en la Cruz.

El anuncio del ángel a María: “tendrás un Hijo”, en este momento ha terminado, ahora es el Hijo de Dios. María lo entrega al Padre “como ofrenda y víctima de suave olor”.

María es la madre de Jesús, la madre del que es sacerdote y víctima, María acompañándolo hasta la cruz, y en el Calvario, al recibir a su Hijo, hace esa ofrenda al Padre. Ella representa a la Iglesia, y la iglesia ofrecerá a partir de ese momento, el sacrificio de Jesús. Por eso en la Plegaria Eucarística se menciona a María porque ella por primero ha ofrecido a su Hijo al Padre.

María en el Calvario, al pie de la Cruz nos representó a todos nosotros, que nos acompañe siempre en nuestros sufrimientos que surgen en la vida de cada uno. María la Virgen del Calvario nos anime siempre en nuestro diario vivir, en nuestro caminar cristiano.

Reportaje Especial Sobre La JMJ 2019

Las Bienaventuranzas