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Los Patriarcas En La Biblia

(Por Padre José Lobatón, OFM)

Después de explicar el origen del mundo y de la humanidad, el libro del Génesis pasa a explicarnos el origen del pueblo de Israel. Y lo hace valiéndose de un complejo tejido narrativo, cuyos hilos argumentales forman las historias de los patriarcas.

Durante el cautiverio en Babilonia, lejos de la Tierra prometida añoran en ese exilio lo que habían perdido y esperan regresar algún día. Los sacerdotes y los profetas alientan la fe de la comunidad y urgen a una renovación de la fe en Dios. El pueblo sobrevivirá si conserva viva su memoria.

Fieles a su finalidad, contar para unir al pueblo, los autores bíblicos utilizan viejas leyendas vinculadas a santuarios israelitas para componer un relato cuyo sentido es el siguiente: Israel es un pueblo que debe sobrevivir unido, pues ha sido amado y elegido por Dios, desde sus orígenes. Y aunque atraviese duras peripecias, Dios se mantendrá fiel a su promesa de un futuro mejor, en una tierra donde volverán a crecer y prosperar.

Es interesante notar que en estos relatos no hay exaltación alguna de la monarquía, ni de un santuario único que centralice el culto. Tras la experiencia del exilio, el rey y el templo han perdido su función aglutinadora del pueblo.

Quedan la fe, la institución familiar y la práctica ritual en el día a día, teniendo presente la cercanía y la bendición de Dios en todo momento. Estos son los valores que se reflejan en las narraciones de los patriarcas.

Para tejer la epopeya de los orígenes, los autores bíblicos unieron varios personajes y varias líneas narrativas de la siguiente manera: relacionaron los diversos personajes en una sola familia, de manera que Abraham, Isaac y Jacob son padre, hijo y nieto.

Les dieron importancia a los lugares de peregrinaciones, es así como los patriarcas recorren los lugares emblemáticos que jalonan la historia del pueblo, por eso los protagonistas se detienen en ciertos lugares ―donde había santuarios― a ofrecer sacrificios; allí reciben revelaciones divinas y renuevan su alianza con Dios. Es allí donde Yhwh va renovando sus promesas de bendición, descendencia y posesión de la tierra.

El Génesis nos da las líneas de descendencia desde Adán hasta los hijos de Jacob, siendo estos los fundadores de las 12 tribus de Israel. La línea de Adán a Noé la forman nueve hombres a los que se llama patriarcas antidiluvianos porque vivieron antes del diluvio.

Después llegan los tres grandes patriarcas, Abraham, su hijo Isaac, su nieto Jacob; sus biznietos José, Judá y sus diez hermanos.

Abrahám es un personaje de la tradición vinculado al santuario de Hebrón, en el reino del Sur (Judá). Hebrón fue un lugar que, a lo largo de los siglos, permaneció intacto, sin ser conquistado por las grandes potencias que asolaron el país.

Abraham recibe una triple promesa: descendencia numerosa, la tierra y la protección de Dios. Por ello se erige como padre del pueblo y padre de la fe. Abraham no ve cumplidas todas las promesas que le hace Dios ―como buena parte del pueblo exiliado en Babilonia― pero cree que, en el futuro, se harán realidad. Y confía.

Isaac, el patriarca más discreto, está asociado a Lajay-Roí, el pozo del que ve. Curiosamente, es un personaje que se queda ciego… Su papel es importante: es el único de los tres patriarcas que nace y muere en la tierra prometida. Encarna el pleno derecho a la posesión de la tierra.

Jacob, por último, está vinculado al reino del Norte (Israel). De hecho, este es su otro nombre, Israel, el «fuerte contra Dios». Al igual que Abraham, recorre los lugares más significativos del pueblo errante: Mesopotamia, Canaán y Egipto, donde muere. Su visión en Betel es otra promesa de retorno a la tierra: «Yo estoy contigo, te acompañaré adonde vayas y te haré volver a este país…» (Gen 28, 15).

José, el hijo de Jacob cuya historia forma una preciosa novela inserida en el relato bíblico, representa, en palabras de J. L. Ska, el “tío de América” que emigra y hace fortuna. Su historia muestra que, pese a todo, los israelitas pueden prosperar y salir adelante en el destierro, y que las rupturas y conflictos familiares pueden resarcirse. El reencuentro y la reconciliación son posibles.

El lector siempre se puede preguntar, ¿qué hay de cierto en los relatos patriarcales? ¿Existe un sustrato real? Aunque ya sabemos que la Biblia no es historia “científica”, en las narraciones de los patriarcas hay un trasfondo histórico que se puede relacionar con el devenir del Oriente Próximo entre el segundo y el primer milenio antes de nuestra era.

El relato bíblico se vale de la historia de Abraham, por un lado, para explicarnos un salto en la fe del pueblo y una diferencia sustancial con la religiosidad de las otras culturas circundantes. Por otro, quiere reforzar esta fe en tiempos de exilio y dificultades.

Abraham, como cualquier hombre de su tiempo, adora los dioses de cada lugar por donde vive. En Ur, los dioses protectores eran Sin y Ningal, divinidades lunares cuyos auspicios consulta Abraham para decidir hacia dónde partir. En Jarán, venera a los dioses de ese lugar. Y, llegado a Canaán, adora al dios El, cabeza del panteón cananeo. Hasta que se le manifiesta el verdadero Dios que lo hace patriarca de su pueblo y le cambia de nombre.

A raíz de este encuentro se da una transformación. El hombre cambia, y también su relación con Dios. El cambio de nombre en la Biblia tiene este significado: de Abram pasa a ser Abraham. Ya no será la misma persona. El conocimiento del Dios vivo lo ha convertido en un hombre nuevo.

La teología subyacente en estos relatos se podría resumir así. El hombre pasa de la adoración ritual a los dioses locales al encuentro con un Dios vivo, personal, con el que establece una relación de alianza. Este encuentro transforma su vida, como transforma la vida de todo creyente.

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