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Leyendo La Biblia sin Mitos

(Por Padre José Lobatón, OFM)

Cuando decimos con fe después de las Lecturas proclamadas en la Santa Misa “Palabra de Dios”, es en realidad una Palabra Divina, Revelada, Palabra que se dirige de Dios al creyente y que merece una respuesta, como dice el Profeta: “Así será mi Palabra que sale de mi boca, no volverá a mi vacía sin haber realizado y logrado el propósito para la cual la envié.”(Is. 55,11).

Pero no debemos olvidar que esa Palabra Divina, como el mismo Jesús, tiene que encarnarse. Está ‘encarnada’, es decir, envuelta y manifiesta en ‘Palabra humana’. Por consiguiente, hay que aceptar que, como tal, es literatura, literatura sagrada.

Es por eso que la interpretación de La Biblia se ha ido enriqueciendo a través de los años con los hallazgos que desde el siglo pasado se han estado haciendo en el Oriente Medio de textos afines a la Biblia (mitos de la creación, salmos, proverbios), así como los estudios y las investigaciones realizadas en los campos de la sociología, antropología, la psicología y la lingüística, además de la literatura universal (de donde se ha tomado conciencia de la importancia de los estilos, los géneros y las formas literarias).

Con estos elementos, se aprecia hoy más que antes como lo que materialmente es: un conjunto de expresiones de vida, testimonios de vivencias históricas y de fe. Se aprecia su dimensión comunicativa, sin por ello menos valorar la presencia de Dios a lo largo del proceso que condujo a la composición de los diferentes escritos que constituyen La Biblia.

Así podemos valorar la dimensión HUMANA de La Biblia. Aunque siendo Palabra de Dios Revelada, no le quitamos nada a su ‘sacralidad’, sino que la situamos en nuestro mundo: Dios actuó a través de humanos, hasta hacerse Él mismo un ser humano.

Lo que los libros de La Biblia tratan es de comunicarnos Verdades sensibles, vivenciales. Y esas verdades que no son fijas ni matemáticas, se suelen comunicar por medio de imágenes y comparaciones, que remiten a la experiencia personal que se desea comunicar.

Cuando decimos, por ejemplo, que el amor es una llama ardiente que alegra el corazón; sabemos bien que el amor no es en realidad una llama ardiente en el corazón (de ser así produciría la muerte), y estamos conscientes de que se trata de un intento de describir el amor de una manera comprensible.

Más difícil aun es hablar de las realidades espirituales y de fe, de nuestra relación con Dios, puesto que no pertenecen sólo al mundo de los sentidos, ya que la aceptación de estas verdades de un asunto de convicción personal es el YO el que tiene fe, es el Yo que acepta la Palabra Divina.

Entonces, para hablar de estas verdades de fe, espirituales, eternas, trascendentales; se recurre ya al lenguaje filosófico o al lenguaje mítico, que toma imágenes de nuestro mundo de la experiencia. Por ejemplo, al afirmar la existencia y la actuación de ángeles y demonios, se habla de ellos en términos que los presentan como si fuesen seres humanos que hablan, se mueven y tienen una apariencia visible.

Puesto que estos símbolos y estas imágenes y comparaciones que hemos tomado del mundo de nuestra experiencia no siempre corresponden a las realidades espirituales “trascendentales” – por ejemplo, hablar, moverse y tener un rostro visible no es algo propio de espíritus sino de seres humanos-, este modo de expresarse se denomina ‘mítico’, por extensión del sentido que comúnmente se da a un mito como representación comprensible de lo que no existe como realidad sensible.

Pero el término mito y el calificativo “mítico” para referirse a este modo de hablar acerca de las realidades trascendentales, tiene consecuencias desafortunadas; pues en la mente de muchos evoca lo creado por la imaginación, lo fantaseado, la ficción, algo inventado.

Es necesario aclarar que el termino mito es utilizado por otras ciencias, como la antropología y la sociología, para designar la expresión en términos comprensibles y comunicables de alguna verdad que es desconocida o inaccesible en sí misma, que no es sensible y objetiva, pero que es importante y significativa para el ser humano, tal como su origen, su destino, su relación con lo “espiritual” y lo que no parece tener una explicación natural.

No debe confundirse el mito con la leyenda, la fábula, y el cuento. El mito expresa una verdad profunda. Como sea que se relate el origen de la humanidad, la verdad de que Dios es su creador se expresa míticamente (Génesis capítulos 1-2).

Como sea que se relate el destino final del ser humano, ya sea en términos de cielo e infierno, y como resultado de un juicio divino y de otra manera; la verdad que con colores míticos se expresa es que el destino último del ser humano (feliz o desgraciado), depende de su vida en este mundo, de su conformidad o disconformidad con las exigencias divinas (Mateo 25,31-46)

El mito tiene por finalidad la comunicación. Comunicar de la manera más clara y menos ambigua posible aquello que es significativo para el ser humano, una verdad que se estima le concierne, pero que no es accesible por los sentidos ni transparente.

El relato del rapto de Elías al cielo (2 Reyes 2) es netamente mítico, como lo es aquel de las tentaciones de Jesús y sus intercambios con el demonio. Pero mediante este modo de hablar, cada uno expresaba una verdad: Elías no murió, vive con Dios; Jesús no cedió a las tentaciones que ofrece el mundo del éxito egoísta y vanidoso, sino que se sometió humildemente durante su vida a la voluntad de Dios.
Para leer la Biblia “sin mitos” no significa eliminar el mito como si fuese inútil o inválido, sino cambiarle de ropaje: desnudar la verdad profunda del ropaje mítico de un tiempo y una cultura con el cual fue vestida y preservada y revestirla con un ropaje del ajuar contemporáneo.

Este es el proceso que constantemente tenemos que repetir si el mensaje que se deseaba transmitir ha de seguir siendo comprensible al ser humano de otros tiempos y otras culturas, y si queremos que la Palabra de Dios quiera seguir hablándonos y anunciar su valioso mensaje de salvación al hombre de hoy, y “sea eficaz y más penetrante que una espada de dos filos, y llegue a lo más íntimo del alma, hasta la médula de los huesos y descubra los pensamientos e intenciones del corazón” (Hb.4,12-13).

Canonización de San Oscar Arnulfo Romero

Jesucristo en la Misión Apostólica