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Legado De San Oscar Romero Y La Comunidad Migrante

(Por Su Eminencia Cardenal Rosa Chávez)

Monseñor tenía el don de expresar las ideas en una forma muy bella y atractiva, como cuando habla del Dios que llora al ver el sufrimiento de su pueblo.

Lo que dijo hace cuarenta años, sigue siendo válido en la dura realidad que se vive en El Salvador. Meditemos sus palabras: “¡Qué distinta sería la patria si estuviera produciendo lo que Dios plantó!. Pero Dios se siente fracasado con ciertas sociedades. Y yo creo que la página de Isaías y de san Pablo en el domingo de hoy se hace triste realidad salvadoreña:

esperé derecho y allí tenéis asesinatos, esperé justicia y allí tenéis lamentos. No es sembrar aquí la discordia, simplemente es gritar al Dios que llora, el Dios que siente el lamento de su pueblo, porque hay mucho atropello.

El Dios que siente el lamento de sus campesinos que no pueden dormir en sus casas porque andan huyendo de noche, el lamento de los niños que claman por sus papás que han desaparecido: ¿Dónde están? No es eso lo que esperaba Dios.
No es una patria salvadoreña como la que estamos viviendo lo que debía ser el fruto de una siembra de humanismo y de cristianismo”
(Homilía 8 de octubre de 1978).

Estas palabras se pueden aplicar al drama de las migraciones. Lo mismo que las que se refieren al dolor de la Virgen María: “María es la expresión de la necesidad de los salvadoreños. María es la expresión de la angustia de los que están en la cárcel.

María es el dolor de las madres que han perdido a sus hijos y nadie les dice dónde están. María es la ternura que busca angustiada una solución. María está en nuestra patria como en un callejón sin salida, pero esperando que Dios ha de venir a salvarnos.

Ojalá imitáramos a esta pobre de Yahvé y sintiéramos que sin Dios no podemos nada, que Dios es esperanza de nuestro pueblo, que sólo Cristo, el Divino Salvador, puede ser el salvador de nuestra patria” (Homilía 24 de diciembre de 1978).

Nuestro pastor parece que contempla a la Virgen recorriendo a pie los caminos y veredas de El Salvador cuando comentga: “María se hace salvadoreña y encarna a Cristo en la historia de El Salvador.

Y María se hace del apellido de ustedes y de mi apellido para encarnar la historia de su familia, de mi familia, en la vida eterna del Evangelio.

María se identifica con cada uno de nosotros para encarnar a Cristo en nuestra propia historia individual. Dichosos si de veras en eso hacemos consistir la devoción a la Virgen. Por eso el Concilio avisó a los predicadores que se cuidaran mucho de fomentar la falsa idea de la devoción.

Entonces, el verdadero homenaje que un cristiano puede tributar a la Virgen es hacer, como ella. El esfuerzo de encarnar la vida de Dios en las vicisitudes de nuestra historia transitoria” (Homilía 24 de diciembre de 1978).

Ya es hora de concluir. Lo haré recordando con qué nostalgia se canta nuestro himno cuando uno está lejos de su patria.

Pero el himno encierra un proyecto de nación que está lejos de convertirse en realidad. San Oscar Romero lo expresó así: “El himno nacional no es un dogma y si tiene mucho de hermoso y de verdadero hay que deducir esa verdad y esa hermosura a la realidad del país, para no estar cantando lo que en realidad no existe. Y para hacer que la hermosura del himno se traduzca en realidades del país” (Homilía 24 de septiembre de 1978).
El está pensando sin duda en las palabras: “De la paz en la dicha suprema siempre noble soñó El Salvador, fue obtenerla su eterno problema, conservarla es su gloria mayor”. Para que ese sueño se vaya convirtiendo en realidad tenemos que ser pueblo y no masa.

Monseñor Romero lo expresó de manera magistral:“Quiere Dios salvarnos en pueblo. No quiere una salvación aislada.

De ahí que la Iglesia de hoy, más que nunca, está acentuando el sentido de pueblo. Y por eso la Iglesia sufre conflictos. Porque la Iglesia no quiere masa, quiere pueblo.

Masa es el montón de gente, cuanto más adormecidos, mejor. La Iglesia quiere despertar a los hombres el sentido de pueblo. ¿Qué es el pueblo? Pueblo es una comunidad de hombres, donde todos conspiran al bien común” (Homilía, 5 enero 1978).

Ese es el proyecto de nación de San Oscar Romero. Y por poner las bases de ese gran proyecto, que es el proyecto de Dios -una sociedad justa, fraterna y solidaria- ofrendó su vida día a día. Hasta sellarla con su sangre sobre el altar de la capilla La Divina Providencia.

Conmueve leer lo que dijo la víspera de su muerte en la homilía dominical porque es como un testamento de su vida: “Ya sé que hay muchos que se escandalizan de estas palabras y quieren acusarla de que ha dejado la predicación del Evangelio para meterse en política.

Pero no acepto yo esta acusación, sino que hago un esfuerzo para que todo lo que nos ha querido impulsar el Concilio Vaticano II, la reunión de Medellín y de Puebla. No sólo lo tengamos en las páginas y lo estudiemos teóricamente sino que lo vivamos y lo traduzcamos en esta conflictiva realidad de predicar como se debe el Evangelio para nuestro pueblo.

Por eso pido al Señor durante toda la semana, mientras voy recogiendo el clamor del pueblo y el dolor de tanto crimen, la ignominia de tanta violencia, que me dé la palabra oportuna para consolar, para denunciar.

Para llamar al arrepentimiento, y aunque siga siendo una voz que clama en el desierto, sé que la Iglesia está haciendo el esfuerzo por cumplir con su misión” (Homilía 23 de marzo de 1980, VIII p. 359).

Y al día siguiente, al final de su última homilía, antes de recibir el disparo mortal, invitó a unir nuestra vida a la ofrenda del altar:
“Que este Cuerpo inmolado y esta Sangre sacrificada por los hombres, nos alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de Justicia y de paz a nuestro pueblo” (Homilía 24 de marzo de 1980).

Queridos amigos y amigas, este es el legado de San Oscar Romero para la comunidad migrante. Y todos somos migrantes. Todos somos peregrinos. Todos somos buscadores de Dios. Muchas gracias.

Portland, Oregon, 30 de marzo de 2019.

Ningún Obispo, Sacerdote o Bautizado Debe Quedarse Callado Ante El Flagelo Del Cristo Indocumentado

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