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La Santísima Virgen Y El Misterio Pascual

(Por Obispo Elías Samuel Bolaños, SDB.)

La celebración de la Pascua para el pueblo de Israel era la fiesta mas importante, pues conmemoraba las grandes gestas de Dios en favor de Israel su pueblo, sacándolo de la esclavitud de Egipto. Por eso, ellos celebran jubilosamente la fiesta de Pascua con sentido de gratitud, de gozo y agradecimiento a Dios por esta obra maravillosa.

En el libro del Éxodo, capítulo 12 se describe los detalles del festejo pascual realizado en el seno familiar de cada familia judía.

San Mateo describe así la cena del Señor: El primer día de la fiesta en que se comía el pan sin levadura, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: ¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua…? Los discípulos hicieron como Jesús les había mandado, y prepararon la cena de Pascua…(Mt 26, 17-19).
En el mundo judío quien asume la preparación de la cena, el ornato de la mesa para comer la cena, son las amas de casa. Ciertamente los discípulos colaborarían en estos menesteres, pero serían las mujeres las encargadas de ello.

Nos imaginamos a María, la Madre de Jesús, conocedora de las tradiciones judías, que prepararía tantas veces la Fiesta de la Pascua para su Hijo y para José, si estaba en Jerusalén, como lo suponemos por el dato evangélico, participaría en la preparación de la gran fiesta de Pascua, para que fuese una digna fiesta, pues para Jesús sería la celebración en que basó la Nueva Pascua, la Nueva Alianza.

Y María es protagonista del nuevo orden, pues ella trajo al mundo al autor de la Nueva Alianza.

¿Cómo podía faltar? Sigue el evangelista: “cuando llegó la noche, Jesús estaba a la mesa con los discípulos…(Mt 26,20). María es la primera discípula, que no ha estado en el centro de la cena, pero sí estaría en los preparativos de la comida en la cocina, luego sirviendo cerca de la sala donde su Hijo comió y realizó la Gran Cena Pascual, se encargaría distribuir los alimentos, porque eso hacía la madre en la Fiesta Judía de la Pascua.

Ya hicimos alusión al Viernes Santo, María encuentra a su Hijo en el camino del Gólgota, esta afirmación la deducimos de la afirmación del evangelista Lucas: “mucha gente y muchas mujeres que lloraban y gritaban de tristeza por él, lo seguían…”(Lc 23, 28). En efecto, la piedad popular ha introducido en el Camino de la Cruz, el encuentro de la Madre María, con su Hijo condenado, que va cargando la cruz. La madre no podía faltar, sobre todo, porque San Juan ratifica: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, y junto a ella al discípulo a quien él quería mucho, dijo a su Madre…” (Jn 19, 25-26).

El discípulo amado es un testigo de primera mano, ha estado con Jesús en los momentos más trascendentales de su vida. Cuando afirma que su madre estaba ante la cruz, ante su Hijo, sentenciado, clavado y muerto en la cruz, estamos seguros de dicha afirmación, hay un testigo ocular.

Por eso decimos que María ha participado con Jesús de sus sufrimientos, de su muerte atroz; por tanto, ha vivido y participado en el Misterio Pascual de su Hijo.

La piedad popular también ha expresado el inmenso dolor de madre, cuando recibe a su Hijo, bajado de la cruz, yerto, sin vida, muerto.

Su Hijo ha muerto, pero para nuestra fe, ese Hijo muerto, el Hijo de Dios, es el Cordero inmolado, “el Cordero que quita el pecado del mundo”, el cordero que sacrificaban los israelitas para conmemorar la Pascua judía. La virgen lo recibe como el Cordero muerto por nosotros. Con qué dolor la madre vería enterrar a su Hijo en un sepulcro nuevo, muy cerca de donde fue crucificado.

Que dolor tan grande, pero en lo mas profundo del alma de María, resonaba lo que Jesús había dicho a sus discípulos: “ahora vamos a Jerusalén, donde se cumplirá lo que los profetas escribieron acerca del Hijo del hombre. Pues lo van a entregar a los extranjeros, y se burlarán de él, lo insultarán y lo escupirán. Lo golpearán y lo matarán; pero al tercer día resucitará” (Lc 18, 31-33). Esa frase referente a la resurrección suscitaba muchos interrogantes, pero también una expectativa de que algo iba a suceder después de su muerte.

Los evangelistas dicen que los apóstoles se preguntaban: ¿Qué significaba eso de resucitar de entre los muertos? María, que conocía a su Hijo desde pequeño, alentaría la esperanza de que algo iba a acontecer con su Hijo; y efectivamente al tercer día, María Magdalena llego presurosa y nerviosa diciendo: “entonces María Magdalena fue y contó a los discípulos que había visto al Señor, y también les contó lo que él había dicho” (Jn 20,18).

Al llegar a oídos de María, la madre de Jesús, este anuncio, se produciría en ella un estremecimiento profundo por lo que ella ya sospechaba, y se alegraría con la Buena Noticia. Con María alegrémonos también nosotros y acompañemos a Jesús en su Misterio Pascual: Apresamiento, juicio, condena, ejecución, muerte en la cruz, sepultura y resurrección.

Al término de su vida mortal, asumiendo nuestra muerte, pero para vencer y destruir la muerte “resucitando de entre los muertos”, mostrándonos la vida gloriosa de resucitado.

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