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Cristología Romeriana

(Por Jaime Sevilla, MAPM, M.Th)

El gran acontecimiento que revolucionó la Iglesia en la década de los 60 y que sigue impactando en nuestros días, fue la convocatoria del Concilio Vaticano II por San Juan XXIII, el Papa bueno; como también, las conclusiones inclusivas del mismo Concilio promulgadas por San Pablo VI.

Hubo una gran amistad entre estos dos santos, San Pablo VI dio muchos ánimos a Mons. Oscar Romero en la defensa de la dignidad de su Pueblo y la Proclamación del Reino de Dios a la luz del Evangelio; y, a la luz de la interpretación de los padres conciliares.

De todos es sabido el levantamiento de las voces que piden a gritos que San Oscar Arnulfo Romero sea declarado Doctor de la Iglesia; y, con mucha razón, ya que la Visión Cristológica Romeriana, muy propia del Mártir San Oscar Romero; no solamente es fidedigna al mensaje proclamado por Jesucristo hace dos mil años; sino que, ese mensaje lo actualizó, encarnó y profundizó en las realidades de nuestro tiempo, en la práctica del día a día con su gente.

Tambien estoy convencido de que esta visión cristológica Romeriana, iluminará a los individuos, las instituciones y los Pueblos; tanto en las vivencias de sus propias historias, como de sus diversas realidades por venir. Todo lo anterior es gracias a que Jesucristo es el mismo del pasado, del presente y del futuro; en El todo es un eterno presente.

Solamente un auténtico discípulo de Cristo, ungido con su Espíritu; tiene la Gracia, la fuerza, perseverancia y valentía de Anunciar un Evangelio auténtico y completo en las circunstancias que llegó a vivir nuestro Santo, Profeta y Mártir. Quisiera destacar tres puntos esenciales de esta visión cristológica:

1.- El llamado: El Arzobispo Romero, desde su niñez, guiada por esos padres sencillos, logró descubrir, poco a poco, el llamado y misión que Dios le pedía que realizara. Este llamado y misión lo fue entendiendo, desarrollando y madurando, a lo largo de toda su vida; nunca imaginó cómo sería su muerte; tampoco lo incomprendido que llegaría a ser su mensaje en un determinado momento de su ministerio; mucho menos la luz y esperanza que esparciría en la Iglesia Universal; y, en particular, en el Pueblo de El Salvador y Latinoamericano.

Simplemente, como su Maestro, se dejó guiar, para cumplir la Voluntad del Padre Celestial; la cual fue infundida en todo el ser de San Oscar Romero, el mismo día en que recibió su santo bautismo, el 11 de mayo de 1919 por el Padre Cecilio Morales en Ciudad Barrios.

Esto nos da fuerza, gozo y esperanza, a aquellos que intentamos vivir y anunciar el Reino de Dios a través de esta visión cristológica Romeriana.

2.- La Respuesta a su llamado: con un espíritu de humildad, de servicio a los más necesitados y con una espiritualidad y fe profunda, marcada desde su niñez; comenzó a responder a su llamado. Su entrada al seminario sin duda marca una etapa nueva en su vida, el desarrollo de sus estudios y su ordenación sacerdotal; lo prepararían para responder, con vehemencia, las afrentas que encontraría más tarde en su ministerio.

Sin embargo, su ordenación episcopal fue un momento clave; lo preparó para ir entendiendo, más profundamente, el propósito de Dios en su vida. Por otra parte y contra todo pronóstico, su nombramiento como Arzobispo de San Salvador, era el escenario que Dios le había preparado, para que a través de su voz profética, Jesucristo pudiera hacer resplandecer su Gloria y misericordia con los más pobres, vulnerables, marginados, explotados y sufridos de la sociedad salvadoreña.

Así es, después de la experiencia mortífera de su amigo Rutilio Grande, SJ, se aviva esa llama profética que se había venido preparando y desarrollando a lo largo de toda su vida. Siguiendo el ejemplo de su Maestro, hizo suyo el sermón de la Montaña, y comenzó a enseñarnos a descubrir la verdadera presencia de Jesucristo en cada hermano pobre, sufriente y marginado. Sí, esa es la Visión Cristológica Romeriana, la enseñanza a su Pueblo de un Evangelio completo y no mutilado. Ya que cuando callamos las injusticias, los sufrimientos de los demás, la violación a los derechos humanos, sobre todo de los más vulnerables; no predicamos el Evangelio de Cristo, sino que predicamos nuestro propio evangelio y ese no salva a nadie.

En su homilía del 30 de octubre de 1977, decía: “El Pastor tiene que estar donde está el sufrimiento”. El Padre Rutilio Grande, su amigo, entendió perfectamente este mensaje; por eso, siempre iba acompañando a ese pueblo sufriente; más tarde, también lo haría, de una forma convencida, nuestro profeta y mártir, San Oscar Romero. Así es, Monseñor Romero fue descubriendo en cada rostro del sufrimiento, al mismísimo Cristo viviente. Su mismo Pueblo marginado y explotado, le reveló la verdadera faz de Cristo Jesús; descubrió en los pobres, un capitulo más del quinto evangelio que se sigue escribiendo a lo largo de la historia de nuestra Iglesia.

Por eso, en su homilía del 4 de noviembre de 1979, decía: “No vale el hombre por lo que tiene, sino por lo que es”. El llanto y el clamor del sufrimiento de las personas pobres que se acercaban a él día a día, le dejaba cada vez más convencido de la presencia de Cristo en medio de ese Pueblo. El caminar por los basureros, las periferias, las zonas rurales; le hacía reflexionar lo mal que estaba esa sociedad, todas las injusticias y violaciones a los derechos humanos que se realizaban; por eso nuevamente levantó su voz y dijo: “No es voluntad de Dios que unos tengan todo y otros no tengan nada”(Homilía 10 de septiembre de 1978).

Este llamado a compartir, es un llamado movido por el amor; pues el sabía que las personas que tenían y que eran creyentes, tenían que entender la exigencia del Evangelio, tenían que cumplir con el pasaje que dice: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, desnudo y me vestiste, enfermo y me curaste, preso y me visitaste; porque cuando lo hicieron con alguno de mis pequeños, conmigo lo hicieron”(cfr. Mt 25, 35-40).

Su llamado era a la conversión y a la revolución del amor, quería que todos se salvaran, pues todos eran parte de esa Iglesia. Resuenan en mi mente sus palabras que pronunció en la homilía del 25 de febrero de 1979: “La Iglesia no es otra cosa más que un signo del amor de Dios en el mundo”.

Como pastor, deseaba ardientemente en su corazón que todos encontraran a Dios en sus vidas, quería llevar a todos, ricos y pobres, una luz de esperanza; pues en sus meditaciones bien sabía el destino de aquellos que no acogen el Evangelio; de ahí su mensaje claro para todos: “Jesús es la fuente de esperanza. En Jesús se apoya todo lo que predico”(homilía 28 de agosto de 1977).

Sin embargo, cuando a pesar de tanto llamado de amor, sobre todo a aquellos que podían hacer la diferencia, no desean escuchar; sigue adelante con su llamado, especialmente cuando veía a toda aquella multitud sufriente, dice: “Queremos ser la voz de los que no tienen voz, para gritar contra tanto atropello contra los derechos humanos”(homilía 28 de agosto de 1977).

Aun sabiendo las consecuencias que todo este profetismo llevaba consigo, nunca dejó de darle esperanza a su Pueblo, se volvió su propia voz, incluso, contra algunos sacerdotes y algunos hermanos en el episcopado; contra las fuerzas subversivas y militares; contra las clases pudientes y opresoras; contra aquellos gobiernos que en vez de ayudar, empeoraban la situación.

Animaba a su gente sufriente diciéndoles: “tengamos paciencia, aguantemos, ya vendrá la vida eterna”(homilía 3 de septiembre de 1978). Pero cuando ya no se quiere entender de razones, cuando la conciencia se adormece ante tanta muerte, cuando nos parece normal el sufrimiento; el Evangelio nos invita a no quedarnos callados, el mensaje cristiano nos interpela a que luchemos por liberarnos de todo aquello que nos separa de Dios, a que levantamos una vez más la voz y en nombre de Cristo, supliquemos, llamemos, exijamos que se respete la dignidad de la persona; por eso Monseñor Romero, en su última misa dominical, vuelve a levantar la voz una vez mas y les dice a las fuerzas militares y de gobierno: “Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!” (Homilía 23 de marzo de 1980).

Al día siguiente, mientras ofrecía el ofertorio en la Santa Misa de la capilla Divina Providencia, un franco tirador le disparó al corazón y lo mató. Unió su sangre a la Preciosa Sangre del Cordero por ser fiel al Evangelio.

3. La Misión: En palabras del Cardenal Rosa Chávez, en una entrevista que le hicimos en ABBA Televisión, nos decía que “el CELAM, en su reunión en Medellín, fue la primera conferencia de Obispos, en el mundo, que se atrevió a estudiar y entender las aportaciones del Concilio Vaticano II”. Y es que de la conferencia en Medellín, Colombia, surge la famosa conclusión que marcaría una nueva etapa evangelizadora en la historia de la Iglesia Latinoamericana: “Su Opción por los Pobres”.

Monseñor Romero tuvo este amor por los pobres desde que era un niño. Sin embargo, ese amor fue creciendo cada vez más en la medida que también él se desarrollaba como ser humano. Pero su voz se hizo escuchar mucho más, cuando desde el arzobispado denunciaba todas las violaciones a los derechos humanos que los pobres sufrían. Y esta era su misión, para esto fue llamado; para ser testigo de la verdad, para llevar consuelo a los afligidos, libertad a los cautivos, para luchar por la paz y la justicia, para defender a los indefensos, para llevar acabo la revolución del amor. Sí, está siguiendo los pasos de su Maestro; está llevando a cabo, de una forma fiel, la verdadera misión de la Iglesia; está pregonando el mensaje de fe, amor y esperanza, a todos aquellos que se sienten solos y confundidos; está proclamando un tiempo de Gracia y encuentro con el Señor Resucitado.

Pero la misión de San Oscar Romero comienza realmente con el sacrificio de su vida, pues es ahora cuando la Iglesia Universal ha comenzado a comprender la profundidad de su mensaje; La Iglesia está comenzando a estudiar y valorar Su Legado y visión del Reino de Dios en cada realidad local del mundo; La Iglesia se está abriendo para proclamar un Evangelio completo y no mutilado por los intereses institucionalistas, gubernamentales, individualistas, capitalistas o jerárquicos.

Los bautizados nos convencemos cada vez más, a la luz de esta Visión Cristológica Romeriana, que somos la esperanza, el fermento y la fuerza viva de la fe que la humanidad necesita para alcanzar juntos la vida eterna. Esta es la misión real de la Cristología Romeriana, y cada bautizado es heredero de ella, ya que es la presencia de Jesucristo entre todos nosotros.

Donde hay sufrimiento, dolor, miseria, hambre, marginación, injusticia, violación de los derechos humanos, persecución, pobres, etc.; es ahí donde debe haber un cristiano Romeriano. Que mediante la intercesión de San Oscar Arnulfo Romero logremos adquirir la Gracia que necesitamos, para poder ser un fiel discípulo de Cristo en la proclamación del Reino de Dios, AMEN.

¿Qué dice La Biblia de La Migración? (II)

Ungidos, guardados y enviados. Las Raíces Bíblicas de la Unción de los Enfermos