in

Cristología Romeriana - Los Derechos Humanos

(Por Jaime Sevilla, MAPM, M.Th)

Todos sabemos que como seres humanos tenemos derecho a la vida, a una buena alimentación y educación, a tener un trabajo digno y bien remunerado para poder mantener a la familia, un techo donde vivir; ser y sentirnos libres para pensar, hablar y actuar; acceso a los servicios de salud, etc.

Estos son algunos derechos que todo ser humano debe tener, todas las instituciones, políticas, religiosas, económicas, privadas y públicas; deben trabajar unidas para lograr mantener estos derechos elementales de cada ser humano.

Pero, en tiempos de San Óscar Romero, todos estos derechos eran violados completamente; el pueblo era oprimido, explotado, marginado, asesinado; presa del miedo, la violencia y la muerte.

Lo más triste de todo esto, es que era propiciado por el mismo Estado, apoyado por la clase alta y opresora; y, en muchas ocasiones, con la complicidad de algunos miembros de la Jerarquía de la Iglesia Católica.

El arzobispo Romero, siendo un testigo vivencial de todo este atropello a la dignidad de la persona, no duda en levantar su voz para denunciar la violación de los derechos humanos de su gente. Y es que, si algo tenía claro nuestro profeta, es que no podía quedarse callado ante tanto atropello de nuestra naturaleza humana.

San Oscar Romero sabía muy bien el valor de nuestra humanidad, un valor que no se mide por la posición social, política, económica o religiosa; sino por el hecho de ser un ser humano en sí.

Primer momento en la historia de la Creación en que se manifiesta el valor que tenemos como ser humano: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza… a imagen de Dios lo creó, varón y hembra los creó” (cfr. Gn 1, 26-27).

Es importante entender esta dignidad desde el momento de nuestra concepción. Somos imagen de Dios, o sea, que nos ha creado eternos como Él; en esto consiste ser imagen, en que compartimos con Él la eternidad.

Por si esto fuera poco, también nos creó a su semejanza; entendida esta, como el desarrollo de nuestra capacidad de amar; entre más amamos a nuestros hermanos y hermanas, más nos asemejamos a Dios.

Por tanto, todos debemos preocuparnos por todos; San Oscar Romero entendió perfectamente la profundidad de este valor; de ahí su entrega total para defender y acompañar a ese Pueblo sufriente, a esos seres humanos que día a día se les violaba la imagen y semejanza que compartían con nuestro Creador. La voz del profeta no era otra cosa más que la voz de Dios, llamando a todos los responsables de tales violaciones, a que pararan de hacer tanto daño a los más vulnerables; ya que, al hacerlo con los pobres y humildes, también lo hacen contra ellos mismos.

San Oscar Romero desea, con todo su ser, que entendamos las razones por las cuales debemos de respetarnos y amarnos, cuidarnos y ayudarnos entre nosotros mismos. Somos imagen de Dios. Cada vez que maltratamos a un ser humano, maltratamos al mismo Dios, y nos alejamos de Él.

Pero cuando nos solidarizamos con el que sufre, con el marginado, con aquellos que se les viola los derechos humanos; entonces nos asemejamos más a Dios, nos unimos más a Él; esta es la vía, mediante la cual, crecemos en el verdadero amor. Recordemos aquella hermosa frase de nuestro profeta: “Tengamos paciencia, aguantemos, ya vendrá la vida eterna” (3 de septiembre de 1978).

Una frase que tiene esa visión beatífica del destino que heredarán aquellos que confían en el Señor en medio de sus dolores y tristezas. Una frase llena de amor y consuelo para aquellos que sufren, que lloran, que no tienen voz, que son marginados. El mismo Jesús ya lo dijo: “felices los que lloran, porque recibirán consuelo” (Mt. 5,4).

Pero, dentro de esta frase, también podemos ver el sufrimiento de nuestro santo, sobre todo cuando ve y vive el sufrimiento de sus ovejas, de sus amigos, de sus hermanos.

Al mismo tiempo, es una frase que da esperanza; por eso, él mismo se incluye en ella, porque hace suya la esperanza de este pueblo que llora, que clama cada vez más fuerte por justicia ante el altar de Dios; ese altar, que no es otro más que la misma tierra salvadoreña, porque es en esta tierra donde dan muerte a tantos inocentes.

Hoy día podemos decir que hay también otros altares, mencionemos algunos: la tierra de Venezuela, Nicaragua, Siria, Belén de Judá, Estados Unidos, Siri Lanka, etc. Ciertamente, San Oscar Romero sigue viviendo y acompañando todas estas realidades que tenemos alrededor del mundo. Donde hay una violación a los derechos humanos, ahí está nuestro santo con su voz profética y evangélica; haciéndonos el llamado a la conversión y solidaridad con todos los que sufren.

Ningún pastor debe ignorar esos gritos desesperados que surgen de tantas familias separadas y destruidas, ningún pastor debe ser indiferente ante el dolor y la marginación de los que sufren, de los inmigrantes. San Oscar Romero hace el siguiente llamado a los pastores en una de sus homilías: “El Pastor debe estar donde está el sufrimiento” (30 de octubre de 1977).

Segundo momento, en la historia de nuestra Creación, en donde nuestro valor como ser humano adquiere una dignidad superior. Leyendo un poquito más sobre nuestro santo, decía: “ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios” (10 de febrero de 1980).

Todo comienza con la disposición de una jovencita en el pueblo de Nazaret, cuando Dios le pide si desea ser la madre de nuestro Salvador. Después de un diálogo entre Dios y ella, dijo la más bella de sus frases: Fiat (hágase). “Yo soy la servidora del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (cfr. Lc 1,38).

Este momento es precisamente el primer encuentro del ser humano con Dios a profundidad; es el momento en que la virgen María concibe a Jesús, al Emmanuel, en su vientre; es donde por primera vez se da esa unión de la humano con lo Divino en materia y espíritu, en tiempo y espacio; es en el vientre de la doncella de Nazaret donde comienza una nueva historia de nuestra naturaleza humana y la cual la deja divinizada eternamente.

Cuando el ser humano medite y profundice conscientemente de la magnitud que esto significa, se terminarán las injusticias, la persecución, la marginación y tantos sufrimientos innecesarios; ya que, al vivir en Dios, con Dios y por Dios; todo nuestro ser es transformado en esa naturaleza humana redimida, liberada y perfeccionada por Jesucristo; transformación que comienza en la Encarnación, y concluyendo en la Resurrección.

Ahora cada ser humano es otro Emmanuel en la Tierra, otro Cristo; por tanto, cada uno debemos tratarnos como lo que somos: la imagen y presencia del Dios invisible en su Pueblo. Y justamente esta era la razón por la cual San Oscar Romero se esmeraba en defender la dignidad de los miembros de su Pueblo amado, veía en cada rostro del ser humano, la presencia viva del mismo Dios; por eso le dolía ver tanto sufrimiento, le aterraba ver en qué nos habíamos convertido, en instrumentos de destrucción de nosotros mismos.

Le dolía ver el silencio e indiferencia de algunos obispo y sacerdotes ante tanto dolor y muerte, por eso eran sus llamados desesperados a la conversión y al amor.

Cuando la persona se encuentra con Dios, es capaz de llegar a conocerse así misma, de valorar nuestra dignidad adquirida en Cristo Jesús, de comprender de que para los bautizados no existen enemigos, porque todos somos hermanos. San Oscar Romero ama a todos por igual, sin importar las posiciones sociales, tendencias políticas, ideologías, etc.

Nuestro santo desea que todos nos encontremos con Dios, es de la única forma que aprendemos a valorarnos y respetarnos; nuestro mártir sabe que este es el único camino para que cese esa violación de los derechos humanos en su Pueblo.

Por eso, al ver que las partes opresoras no paran de marginar y matar a tanta gente inocente, en un intento de hacer reflexionar a sus oyentes; escribe cartas, se reúne con quien sea necesario para suplicar, pedir, ordenar de que se frene toda esa violencia que pisotea la dignidad del ser humano; pero al ver que nadie escucha, hace un llamamiento fuerte en la homilía del 23 de marzo de 1980, un día antes de que lo mataran en el altar cuando celebraba la Santa Misa, dice: “les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”

Una historia personal que recuerdo con mucho cariño fue cuando la ONU le dio un premio al entonces alcalde Oscar Ortiz de Santa Tecla, El Salvador; ya que también ese mismo dia nos dieron la gran noticia del nombramiento del dia del derecho a la verdad, en honor al legado de San Óscar Romero. Al final de este artículo pondré el decreto de la ONU.

Pedimos a San Óscar Romero que interceda ante el Padre celestial para que se abran nuestros oídos y corazones a escuchar su mensaje, para que cese la represión en todos aquellos países donde hay tanto dolor, persecución y muerte; para que cada pastor viva y camine con sus ovejas a las que se les viola sus derechos humanos; para que todos entendamos que solamente encontrándonos con Dios, cambiamos nuestra forma de ser, pensar y actuar; solamente encontrándonos con Dios, construimos juntos el Reino de Dios y promovemos la civilización del amor y fraternidad. Que así sea.

Resolución aprobada por la Asamblea General el 21 de diciembre de 2010
https://undocs.org/es/A/RES/65/196

Libros Hagiográficos

Orden Sacerdotal Las Raíces Bíblicas del Ministerio Cristiano