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Conmemoración De Los 525 Años De La Celebración De La Primera Misa En América

Su Eminencia Reverendísima CARDENAL Rosa Chávez

El pasado 5 de Enero, conmemoramos los 525 años de la celebración de la Primera Misa Católica para el Continente de América. Fue presidida por el enviado especial de Papa Francisco, Cardenal Rosa Chávez, de El Salvador. A continuación, dejamos la primera parte de su homilía.

Muy queridos hermanos y hermanas:

Les saludo con emoción en nombre del Santo Padre Francisco, quien en la carta en la que me nombra Enviado Extraordinario para esta magna conmemoración de los quinientos veinticinco años de la primera misa en el Nuevo Mundo, me dice: “Te pedimos que cuando presidas las celebraciones saludes en nuestro nombre, desde lo más profundo del corazón, a los asistentes, y les expreses nuestro sincero afecto”. Sí, mis queridos hermanos y hermanas, el Papa les lleva en su corazón de pastor universal de la Iglesia, un corazón latinoamericano.

A renglón seguido, el Santo Padre añade: “Te pedimos que exhortes a todos los creyentes, principalmente a los sagrados pastores, a que conserven siempre la fe católica, la proclamen con valentía y la hagan vida por medio del amor y las buenas costumbres”.

d) Los cinco puntos tratados en esta homilía llevan los títulos siguientes:
1. “Todo comenzó aquí”.
2. Pasado, presente, futuro.
3. “Levántate, brilla, Jerusalén, la gloria del Señor amanece sobre ti”.
4. “Y caminaran los pueblos a tu luz”.
5. “De la mano de María, Nuestra Señora de la Altagracia”.
Daremos los contenidos de los títulos 1 y 2; y en la segunda entrega los 3
restantes.

“1“Todo comenzó aquí”
Todo comenzó aquí”. Con legítimo orgullo me lo hacía notar mi querido hermano y amigo, Monseñor Ramón de la Rosa. Esas tres palabras siguen resonando en mi corazón.

Sí, mis amados hermanos y hermanas, todo comenzó aquí. La carta pastoral colectiva del episcopado dominicano La Eucaristía, fuente de comunión, impulso para la misión, que ustedes han estudiado, meditado y aplicado, se inicia precisamente con esta idea:

“Desde el umbral de la misión evangelizadora en el Nuevo Mundo, el pueblo de Dios que peregrina en la República Dominicana se ha alimentado del pan del cielo servido en la mesa eucarística. Esta isla tiene el privilegio de haber sido el escenario donde se celebró la primera Misa en América, presidida por el Padre Bernardo Boyl, delegado apostólico, en La Isabela, Puerto Plata, el 6 de enero de 1494” (n.1).

Es verdad, aquí comenzó todo y por eso estamos aquí. Aquí comenzó todo, durante el segundo viaje de Cristóbal Colón. Ocho años después, en lo que hoy es Puerto Trujillo, en la costa norte de Honduras, en un escenario como éste, la hostia santa se elevó por primera vez en la tierra firme del continente americano. Dice la crónica que Cristóbal Colón no pudo asistir porque se encontraba enfermo y que lo representó su hermano. En esa ocasión el Enviado Extraordinario del Papa San Juan Pablo II fue nuestro cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez.

Jesús llamó a los primeros discípulos junto al mar. Y junto al mar, le dio la orden a Pedro: “Rema mar adentro”. Lo evoca San Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica Novo Millennio ineunte. Meditemos su inspirada e inspiradora exhortación, que comienza con la invitación a “recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro (porque) Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8).

2 Pasado, presente, futuro
En primer lugar, venimos a recordar con gratitud el pasado. Y recordar, dice el Papa, es volver al corazón. Volvemos al corazón para dar gracias al Señor porque es tan grande su misericordia. Venimos a recordar. Escuchemos al Papa Bergoglio:

En la solemnidad del Corpus Christi aparece una y otra vez el tema de la memoria: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer […]. No olvides al Señor, […] que te alimentó en el desierto con un maná» (Dt 8,2.14.16) —dijo Moisés al pueblo—. «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24) —dirá Jesús a nosotros—. «Acuérdate de Jesucristo» (2 Tm 2,8) —dirá san Pablo a su discípulo.

El «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51) es el sacramento de la memoria que nos recuerda, de manera real y tangible, la historia del amor de Dios por nosotros (…).Recuerda.

La memoria es importante, porque nos permite permanecer en el amor, re-cordar, es decir, llevar en el corazón, no olvidar que nos ama y que estamos llamados a amar” (Homilía del Corpus Christi, 18.06.17).

En segundo lugar, el Santo Padre nos pide vivir con pasión el presente: Ustedes lo han hecho como Iglesia sobre todo durante todo un año de preparación que sus pastores declararon AÑO DE LA EUCARISTÍA, un año de gracia que atrajo a este santo lugar peregrinos de las once diócesis y del ordinariato militar. Aquí tenemos 525 representantes de cada una de esas circunscripciones. Les saludo con inmenso cariño y estoy seguro que ese regalo de Dios nunca lo van a olvidar.

Y estamos aquí para abrirnos con confianza al futuro. Por eso, al final de esta maravillosa celebración, tendrá lugar el lanzamiento de la Segunda Etapa del Plan Nacional de Pastoral.

Permítanme repetir una vez más, con emoción y gratitud, que aquí comenzó todo. Y en ese comienzo entró en escena el joven laico Ramón Pané, a quien con justicia llaman “el primer catequista de América”. Nos hace bien recordarlo en vísperas de la Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar muy cerca de nosotros. Me emociono al imaginar a ese joven de menos de treinta años participando en esa primera Eucaristía.

Era tal su pasión por el Evangelio, que aprendió las lenguas de los indígenas para poderlos evangelizar y preparó a una familia de indios taínos para el bautismo; una familia que le acompañó en sus correrías apostólicas y que fue asesinada por haber cambiado de fe. ¿No serían los miembros de esta familia los primeros mártires de América?

Al hablar de martirio viene a mi mente la figura entrañable de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, quien, en esa misa inconclusa del 24 de marzo de 1980, cambió las lecturas, escogiendo el capítulo doce de San Juan, donde Jesús se compara al grano de trigo sembrado en la tierra. Nuestro San Romero de América y del mundo, hizo este breve comentario:

“Si no muriera, el grano se quedaría solo. Si da fruto es porque muere, de deja deshacer en la tierra, y sólo deshaciéndose, produce la cosecha”.

Ese día, Monseñor no tuvo lectores ni acólitos; él mismo proclamó las lecturas, sin moverse del centro del altar. Segundos después de la homilía, mientras se disponía a ofrecer el pan y el vino, un certero disparo atravesó su corazón. El Papa Francisco, el día en que lo canonizó, quiso llevar el cíngulo ensangrentado del primer santo salvadoreño.

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