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Al Comienzo Del Evangelio

Por Ricardo Lopez, P. HD

Si preguntamos a un cristiano de a pie cómo fue el comienzo del Evangelio es muy probable que se remita al mandato misionero pronunciado por Jesús, tal como se lee en uno de los finales del escrito de san Marcos: “Vayan por todo el mundo a predicar el evangelio a toda la creación”, cosa que aquellos discípulos comenzaron a cumplir puntualmente (Mc 16,15. 20).

A partir de ese momento habría comenzado la difusión de la Buena Nueva de Jesús de Nazaret, su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, acompañada de enseñanzas y milagros. Al comienzo aquellas historias sobre Jesús corrieron de boca en oído, sin más hilván que el de la anécdota espontánea, pero al correr de los años, y a fuerza de repetirlas, algunos de los que las contaban comenzaron a engarzarlas unas con otras, dándoles cierta secuencia, que todavía se puede apreciar en algunas partes de las cuatro narraciones evangélicas que tenemos por canónicas en la Iglesia.

En todas ellas, sin embargo, la figura de Juan Bautista ocupa un lugar prominente en los comienzos del evangelio de Jesús. De hecho, cuando se trata de buscarle reemplazo en el círculo de los Doce a Judas, san Lucas pone como condición al designado que haya pertenecido al grupo de Jesús “desde el bautismo de Juan hasta el día en que fue llevado de entre nosotros al cielo…” (Hechos 1,21s). Juan tiene mucho que decirnos de Jesús.
Quizá lo primero que puede uno decir de Juan es que se le pegó a su nombre lo que él hacía: bautizar. El bautismo consiste en sumergirse ritualmente en agua; es un baño con un significado específico.

La práctica del bautismo la encontramos en muchos grupos religiosos del entorno palestino y fuera de él, y a lo largo de varios siglos; su significado religioso varía de grupo a grupo. Suena lógico que el quehacer de Juan esté asociado al río Jordán, como los evangelios refieren reiteradamente, quizá en la zona de Judea, pero para bautizar basta que haya agua, y si es corriente mejor. De hecho, el evangelio de Juan menciona a “Ainón, cerca de Salín” (Jn 3,23), que probablemente es un sitio en tierra samaritana, pero en la zona del Jordán. Así tenemos que Juan era un bautizador itinerante, que atribuía al rito un sentido particular.

El sentido del bautismo de Juan, por lo que se lee de su prédica en nuestros escritos canónicos, está vinculado a una conversión o arrepentimiento de parte de aquellos que quieren someterse a él. A la confesión de los pecados corresponde el perdón divino. No basta pertenecer a la raza del pueblo elegido, porque Dios requiere un modo de vivir acorde a la Ley. A su bautismo acuden también aquellos que, por su modo de vida, parecían excluidos de la vida cultual del templo. El quehacer bautista de Juan se mira impulsado por una urgencia que él anticipa: el juicio inminente de Dios. El Bautista debió percibir la corrupción social que imperaba en aquella sociedad, y busca reformarla antes de que el castigo definitivo se abata sobre el pueblo.

Juan tenía su círculo de seguidores, a los que enseñaba con ayunos y un modo particular de orar (ver Mc 2,18; Lc 11,1). Mientras que los ayunos tienen paralelos con las prácticas de piedad farisea, la oración distintiva de los discípulos de Jesús, el Padrenuestro, busca distanciarse tanto de los modos de orar paganos (ver Mt 6,9) como de los fariseos (ver Lc 18,11). Se pueden notar nexos entre lo que se ora en el Padrenuestro y lo que el Bautista predica; uno muy claro es el anhelo por la presencia del Reino de Dios, pero igualmente relevante es la austeridad de vida (el pan de cada día) y el perdón de las deudas, tanto de parte de Dios como entre los hombres. Varios de los seguidores primeros de Jesús tienen sus raíces en el movimiento originado por Juan Bautista.

La influencia de Juan con el pueblo debió ser tan notable, que la autoridad se sintió amenazada y decidió ejecutarlo (Mc 6, 17-29), “Antipas… por miedo a una rebelión, pues las gentes estaban dispuestas a hacer cualquier cosa que él [Juan Bautista] les dijera… decidió matarlo” (F. Josefo, AJ, XVIII, 118). Lo degolló en Maqueronte, una de las fortalezas herodianas de transjordania. El motivo de la ejecución en los evangelios sinópticos es que el rey transgredió la ley al tomar por mujer a la esposa de su medio hermano Herodes, a la que había conocido en Roma, y para hacerlo debió repudiar a la hija del rey nabateo Aretas, con quien estaba casado.

La figura de Juan es fascinante por varios capítulos, pero apuntemos tres. Por sus orígenes a Juan le correspondía un lugar en el servicio del templo de Jerusalén, según cuenta san Lucas. Sus padres serían de estirpe sacerdotal y de una piedad intachable. Juan, sin embargo, se da a una vida incompatible con los de aquel recinto santo. Algo debió suceder para que dirigiera sus pasos en otra dirección. Propaga una forma de perdón de los pecados que no es la de las ofrendas sacrificiales, indispensable para el sistema del templo y la clase sacerdotal. Pregona que Dios administra el perdón si el pecador se convierte de corazón y se comporta con una ética corresponsable y solidaria con los más vulnerables. El bautismo es el signo que sella ese compromiso. No es un asunto de magia purificatoria, sino de una determinación impostergable y que se sirve de ayunos o de una dieta de tipo noáquico y de oración. Juan es un “sacerdote a contrapelo” o “fuera de lugar”, por decirlo de algún modo.

Los datos de los evangelios coinciden en que el Bautista es un profeta (ver Lc 20,6); el propio Jesús lo encumbra por encima de esas figuras tan reverenciadas en la tradición bíblica (ver Lc 7,24-27). San Lucas le pone año al comienzo del quehacer profético de Juan, así como lugar y contenido de su proclama
(ver Lucas 3, 1-18).

En su figura resuenan dos ecos de profetas del antiguo Pueblo de Dios. El primero es el de la figura de Elías que habría de disponer al pueblo para la venida del Señor mediante una reconciliación familiar y nacional (ver Lc 1,76; Mal 3,1). El segundo eco es la respuesta de Juan a las profecías de Isaías que llaman a reconstituir el pueblo y Dios muestre su gloria a todas las naciones.

Esa universalidad de la salvación se apoya también en el deslindarse del sistema del templo, porque Dios “puede hacer de estas piedras, hijos de Abraham” (Lc 3,8). El desierto es el marco que evoca la liberación el pueblo y la alianza con Dios.

Juan también congrega rasgos de un consagrado a Dios bajo el voto del nazireato, que se mostraba en no beber vino y dejarse crecer el cabello (ver Num 6 y Lc 7,33). Era esto un modo de mostrar la exclusiva dependencia de Dios, que también puede rastrearse en la dieta tan restringida que se impone. Él come solo productos naturales de la tierra; nada cultivado (Mc 1,6). Estos rasgos corresponden a alguien movido por el Espíritu de Dios (ver Lc 1,80).

El movimiento de Juan creció más allá de las fronteras de Palestina, y en determinado momento originó el de Jesús y compitió con él. Se pueden ver las similitudes de ambos movimientos y de sus fundadores, pero en algún momento uno prevaleció sobre el otro y lo subsumió.

El evangelio de Cristo Jesús, sin embargo, no se puede comprender sin tener en cuenta la figura de Juan, pues con él comenzó a modelarse la historia de Jesús de Nazaret.

Legado De San Oscar Romero Y La Comunidad Migrante

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